Esperamos el ascensor y miramos el celular.
Hacemos una fila y miramos el celular. Nos sentamos solos a tomar un café y miramos el celular.
Incluso cuando tenemos apenas unos minutos libres, buscamos algo que ver,
leer o escuchar. ¿Qué pasó con esos momentos en los que simplemente… no hacíamos nada?
Hubo un tiempo en el que aburrirse era parte de la vida.
Esperábamos el colectivo mirando por la ventana. Viajábamos observando el paisaje. Nos sentábamos en una plaza.
Los chicos inventaban un juego porque no había nada preparado para entretenerlos.
Hoy llevamos el entretenimiento en el bolsillo.
Redes sociales, mensajes, videos, noticias, juegos y notificaciones están disponibles las 24 horas.
Basta un movimiento de la mano para escapar de cualquier instante de silencio.
Y quizás, sin darnos cuenta, comenzamos a considerar el aburrimiento como algo que debemos evitar inmediatamente.
¿Es tan malo aburrirse?
La ciencia ofrece una respuesta más compleja de lo que parece.
Una revisión de 59 estudios encontró una asociación entre el aburrimiento y un mayor uso de medios digitales,
especialmente cuando ese uso se vuelve problemático. Los propios investigadores advierten, sin embargo, que gran parte de la evidencia disponible no permite afirmar qué causa qué.
También sabemos que cuando la mente queda sin una tarea permanente puede comenzar a divagar.
Y esa aparente desconexión no siempre es inútil.
Investigaciones sobre creatividad muestran que las personas más creativas pueden involucrarse de manera diferente
con sus pensamientos durante períodos de descanso sin una actividad determinada.
Otros trabajos recientes incluso encontraron situaciones en las que la divagación mental estuvo asociada con una mayor creatividad.
Eso no significa que aburrirse automáticamente nos vuelva más creativos.
De hecho, una revisión científica encontró resultados diversos y señala
que todavía no existe evidencia suficiente para establecer una relación causal simple entre aburrimiento y creatividad.
Pero sí aparece una pregunta interesante: ¿qué sucede cuando nunca dejamos a nuestra mente sin estímulos externos?
El miedo al silencio
Tal vez el verdadero problema no sea el teléfono.
El teléfono es una herramienta extraordinaria. Nos comunica, nos informa, nos ayuda a trabajar y nos entretiene.
El problema puede aparecer cuando sentimos que cada segundo vacío tiene que ser llenado.
Ya no esperamos: scrolleamos.
Ya no observamos: fotografiamos.
Ya no dejamos pasar un momento: buscamos inmediatamente el próximo estímulo.
Incluso compartir una mesa puede convertirse en una escena conocida: varias personas juntas y,
al mismo tiempo, cada una mirando su propia pantalla.
Recuperar el derecho a no hacer nada
Quizás deberíamos volver a permitirnos algunos pequeños espacios vacíos.
Caminar unas cuadras sin mirar el teléfono. Esperar un turno sin abrir una aplicación.
Tomar un café mirando alrededor. Viajar observando por la ventanilla.
Escuchar una canción sin hacer otra cosa al mismo tiempo.
No se trata de declarar una guerra contra la tecnología.
Se trata de recuperar la posibilidad de estar presentes incluso cuando aparentemente no está pasando nada.
Porque en esos minutos pueden aparecer un recuerdo, una pregunta, una idea, una decisión pendiente o simplemente el descanso.
Vivimos en una época que nos ofrece estímulos infinitos.
Quizás uno de los pequeños desafíos de nuestro tiempo sea aprender nuevamente a soportar el silencio.
A mirar.
A esperar.
A pensar.
Y, de vez en cuando, a aburrirnos sin sentir que tenemos que escapar inmediatamente de ese aburrimiento.
Porque tal vez no todo momento vacío necesita ser llenado.
