Coronavirus en la Argentina: viaje a La Matanza profunda, la «quinta provincia» donde la cuarentena casi no existió

Coronavirus en la Argentina: viaje a La Matanza profunda, la «quinta provincia» donde la cuarentena casi no existió

Conversan como si fuera la antigua normalidad. Dos hombres. Sentados uno frente al otro. Toman café. Conversan y la gente entra y sale, y un cajero vende atados de cigarrillos y cosas de kiosco en una estación de servicio de Rafael Castillo. Afuera, los playeros, con barbijos, despachan nafta. Pero los barbijos son lo único que indica en esta tarde de julio, que transcurre el tiempo de la pandemia. No un tiempo pretérito, que es lo que parece mostrar el instante. La cuarentena es una ilusión o un recuerdo vago o algo impreciso. ¿Es 2019? No. Faltan horas para que se anuncie el retorno a la Fase 3 de restricciones por el coronavirus. Una etapa de liberación en medio de los contagios que crecen. Pero, ¿alguna vez hubo mayor cerrazón en esta zona encapsulada del nudo del AMBA?

Nunca no hay colas en las puertas de los cajeros automáticos. Los locales están abiertos. Una tienda de ropa. Una veterinaria. Una casa de deportes. La que vende pollos. El mayorista en un «veranito». El que vende chatarra. Un gomero cambia la rueda de un 505. Una mujer prepara panchos. A su lado, muy a su lado, un hombre mira Youtube en el teléfono. Abunda, mirando a un lado o a otro, aquello que los médicos piden evitar: el contacto estrecho. Pasan camiones del Ejército con un trailer y el guiso caliente para los que no tenían nada y ahora mucho menos. Curas en bicicleta y en autos viejos se desplazan hasta los barrios de emergencia, donde la gente espera la misa pero sobre todo llenar el tupper. ¿Sanitizar? ¿Sanitizar qué?

Hace 20 días, los religiosos de la zona, una infantería del Papa Bergoglio, denunciaron que el Estado no existe. Que el Estado se fue. Que la gente se enferma. Que la pandemia hace estragos y la gente se muere. Que cuando llaman a las líneas de emergencia nadie contesta. Es La Matanza de la falta de controles. La Matanza que sólo puede verse cuando se la camina por adentro. La Matanza de los autos y camiones que inundan el aire de combustión y lo vuelven pesado. La Matanza de los que cartonean y tiran de su carro por las banquinas. El corazón del Conurbano, el corazón del punterismo, el corazón del peronismo.

Es la Matanza de los carteles insólitos, donde no existe el SAME y el Metrobus es lo más moderno que hay. Sus andenes le hacen un tajo a la ruta 3, una lengua negra que se estira entre paredones pintados: “Movimiento Nacional Peronista. Hagamos algo por nosotros mismos. Fuerza Alberto, Fernando, Verónica”. O los varios carteles decolorados del intendente Fernando Espinoza joven, en su versión 2005, la de su primer mandato, cuando toma la manija del peronista Ballestrini.

Su extensión territorial es casi dos veces la Ciudad de Buenos Aires. Es más grande que 19 de las provincias argentinas. Por eso la llaman “la quinta provincia”. “Más adentro -explica un ex funcionario opositor-, te metés en un terreno donde la gente no sabe que tiene derechos”.

No hay rastros de movimientos sociales en la tarde antártica de Carlos Casares. No están ni los Delía ni los Grabois. Pero sí los despojados, cruzando arroyos y descampados. Este es el gran territorio desolado, el distrito de la basura al lado del camino. De la Policía en vehículos que dan pena, con nylon en vez de ventanillas y ni luces ni paragolpes. Siempre domado por el Justicialismo. Un barrio con límites como los de un barrio privado. Pero un barrio dramático, con su propio pulso y un lenguaje macerado en el tiempo: el lenguaje de la supervivencia. Una tierra sin industrias, dice un referente social. Una tierra que no tiene fábricas, insiste, “porque el peaje que hay que pagar es muy caro”. Pide que su nombre no sea dicho porque no quiere que lo usen políticamente. Porque todo lo que pasa en La Matanza, dice, sale de la Matanza y se usa para oradar a propios y extraños .

¿Exagera el periodismo crítico cuando lee que los pobres le convienen al poder? El referente se ríe. De ninguno modo, dice. “Los pobres están desesperados, los pobres tienen hambre, se pintan del color del que les da la bolsa con comida”, describe. “Acá todo es como en 1940”. ¿Qué está queriendo decir el referente? “Que las cosas se arreglan en un bar y que son siempre los mismos dos tipos los que manejan todo”.

La Matanza tiene 2.500.000 habitantes (Uruguay araña los 3 millones). Su extensión territorial es casi dos veces la Ciudad de Buenos Aires. Es más grande que 19 provincias argentinas. Por eso la llaman “la quinta provincia”. “Más adentro -explica un ex funcionario opositor-, te metés en un terreno donde la gente no sabe que tiene derechos”.

“Acá todo es como en 1940”. ¿Qué está queriendo decir el referente? “Que las cosas se arreglan en un bar y que son siempre los mismos dos tipos los que manejan todo”.

En La Matanza hay 115 villas, de acuerdo con el Registro Público de Villas y Asentamientos. Es el segundo distrito con más villas después de La Plata. 17 de Noviembre, Las Antenas, Puerta de Hierro, El Santos Vega, Peluffo, Arroyo las Víboras, Lucero, La Isla, El Triángulo 2, Susana, Los Vagones, Palito: lo que sabemos de estos nombres se aprende en programas de TV que narran la marginalidad o en crónicas del periodismo policial. Pero una cosa es leerlo o verlo con filtros de escándalo y otra muy distinta es asomarse a ese amalgama de capas sobre capas de pobreza enquistada a lo largo de décadas.

El auto se arroja desde el acceso Oeste. Atraviesa Morón. Se deja llevar por la voz del GPS. Girar a la derecha. Dar una vuelta más y ya es el interior del laberinto. El nudo del famoso AMBA, donde Rafael Castillo es lo mismo que Carlos Casares o González Catán; donde Aldo Bonzi se confunde con La Tablada y el área comercial de San Justo parece una isla de prosperidad en el océano degradado.

Según con quien se hable, habrá varias Matanzas. La aparición de la denuncia de los curas obligó a las autoridades a ensayar una respuesta política y mediática. A los pocos días, las “fuerzas vivas” del partido, que integran un Comité de Emergencia, comunicaron que el combate al coronavirus está siendo exitoso. Que la tasa de infectados es baja (casi 9 mil casos) en relación con la cantidad de población. Que los testeos se están llevando a cabo debidamente. Que las casi 400 camas de terapia intensiva por ahora alcanzan. Que además se está pudiendo aislar a los casos leves.

Pero no es lo que se escucha tierra adentro. «¿Sabés lo que son 3000 mil personas esperando que le llenen el recipiente con comida?”, plantea el guía matancero, que trabaja en comedores y desde que empezó la pandemia se dedica a hacer cuentas. Economía de campamento, le dice. Ver dónde rinde más el dinero para comprar arroz a granel, polenta, fideos, huevos. O llamar a tal empresa para pedirle dos meses de donaciones de leche, y así todos los días. 

Tierra adentro, en los dominios de la dádiva y el clientelismo, se escucha que hay sub registros de casos, que los enfermos son muchos más, que a la gente se le dice aislate y aislarse significa, para los que pueden, encerrarse con otras 8 personas en un mismo cuarto. “A mí me pega una patada en el hígado -se enoja el matancero-, los políticos vienen, cortan una cinta, abren una salita, se sacan fotos y se van. Pero la pandemia desnudó todo. La Iglesia reparte 14 mil viandas de comida. Si no estuvieran, no quiero ni pensar lo que sería».

Una U. El AMBA en toda sus dimensión. El auto del cronista dibujó una U sobre el Google Map. Ingresó por el Acceso Oeste, atravesó los barrios interiores, se alejó de los nodos de concentración del transporte urbano, pasó por el frente de hospitales abandonados, regresó a la ruta 4 y el mismo Camino de Cintura lo depositó en el Puente 12, en el autopista Riccheri, Acceso Sur, otra vez, rumbo a Capital. Detrás, al ritmo de su desesperanza, La Matanza continuaba latiendo.

FUENTE:Clarin GS

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