Las dos caras de las idolatrías

Las dos caras de las idolatrías

Anoche evoqué a Maradona disfrutando desde Youtube de algunos de sus goles. Quería tomar distancia de las borrascosas imágenes del velorio con sus efusiones sentimentales y sus lágrimas fáciles y su retórica desbordada y a su vez complaciente, para recordar a Diego, el muchachito con la cabeza llena de rulos, ojeras marcadas y mirada insolente que nos terminó de confirmar, por si había alguna duda, que el fútbol es un arte por la sencillísima razón de que es capaz de crear belleza a través de sus propios instrumentos y procedimientos.

Maradona fue un creador de belleza. El gol a los ingleses fue su obra maestra. Inspiración, cálculo, asombro, estilo, resolución. Un lienzo de una estética perfecta que uno nunca se cansa de contemplar porque siempre encuentra un detalle más, un toque de distinción oculto. En pocos segundos, en sesenta metros, y a toda velocidad, y acechado por jugadores profesionales que lo quieren contener como sea, la inteligencia de Maradona se plantea alternativas, rechaza decisiones y toma iniciativas con la lucidez de un maestro de ajedrez.

Miro por la televisión esos caños burlones, esas rabonas insólitas, esos sombreritos atrevidos, esas gambetas estilizadas, esos pases de media cancha sorprendentes como una revelación y pensaba que el Maradona capaz de fabricar belleza con un desenfado atorrante concluyó su obra hace casi veinticinco años. Quiero decir, entonces, que el pasado miércoles 25 de noviembre murió la persona que se llamo Diego Armando Maradona nacido en Villa Fiorito hace sesenta años, pero el Pelusa de los Cebollitas, el Dieguito de las travesuras en Japón que en 1979 nos regocijó en desveladas madrugadas, el Diego de los goles en Argentinos Juniors, o en Boca, o en el Nápoles, o en la Selección nacional, nos había dejado hacía muchos años sin que ese abandono signifique un reproche, sino apenas un melancólico reconocimiento al inevitable paso del tiempo.

Si aceptamos que fue un artista, aceptemos también que llegó al mundo con un don que, como dijera Truman Capote, gratifica pero también castiga. Sabemos mucho de la gloria de Maradona, de las pasiones que despertó en el mundo. Sabemos menos de sus tormentos, de sus desdichas, de sus reiteradas adicciones y de esa pulsión autodestructiva que lo acompañó hasta el fin de sus días.

No murió feliz. Esa risa traviesa, luminosa de sus mejores años hacía rato que se había perdido consumida por las adicciones, el insomnio, los desvelos, las pesadillas y el cansancio, el maldito cansancio que lo acechaba y no le daba tregua. Algo pasó. Yo no lo sé porque no lo he conocido, pero está claro que en algún momento dejó de ser el mismo.

¿La fama, el dinero, los halagos, la tentación de creerse un elegido de los dioses, cuando no, un Dios, como le decían y le repetían sus incondicionales? No lo sé. Pero hubo un cambio que fue más allá de los años y que se expresó en una gestualidad grosera, en una mimetización con los rasgos más detestables del lumpen, en un lenguaje procaz, vulgar, como salido de un texto de Lamborghini, un lenguaje salpicado por ocurrencias verbales nacidas de un pasado vivido en el barrio al que por patrimonio y calidad de vida hacía mucho tiempo que había dejado de pertenecer.

“Le exigimos mucho”, dijeron algunos. Puede ser. Aunque también podría decirse que le permitimos demasiado. Tal vez fueron las dos cosas. Y nadie puede someterse a exigencias tan dispares sin pagar un alto precio a cambio. Es verdad: la genialidad en acto asombra. Y el asombro y la admiración rechaza matices, distinciones, complejidades. Lo que es maravilloso aspira a ser todo.

De allí al fanatismo suele haber un solo paso. Puede que la idolatría sea un pobre sustituto de la verdadera pasión, como puede que el sentimentalismo sea un fracaso del sentimiento. Pero daría la impresión que las pasiones populares no tienen otra manera de expresarse que no sea a través de la desmesura. De todos modos, pocos, muy pocos en el mundo logran despertar pasiones tan fuertes, pasiones capaces de conjugar la risa con las lágrimas. Maradona lo hizo.

Y por eso, digan lo que digan los manipuladores políticos, será recordado por su genio futbolístico, como Mozart es recordado por su música, Van Gogh por su pintura, Faulkner por sus relatos o Caruso por su canto. Sus opiniones políticas, sinceras o no, carecen de importancia porque seguramente son tan arrebatadas y pasajeras como fueron sus abrazos con Menem, sus remeras luciendo el rostro de Cavallo, su entusiasta rechazo a la 125 y el apoyo al “No” de Cobos, “que lo grité como si hubiera sido un gol”. O sus tatuajes con el rostro del Che y Fidel; o los abrazos con Chávez y Maduro; o su desbordada pasión kirchnerista. No, no fueron sus ideas políticas las que le han ganado un lugar en la historia, como tampoco fueron las ideas políticas las que le han ganado un lugar en la historia a Ezra Pound, a Celine, a Pablo Neruda.

Tampoco importa su borrascosa vida afectiva, más allá de lastimaduras que dejaron marcas. Lo suyo será el fútbol. La pelota, la gambeta, el gol, la pasión por jugar con la alegría atorrante y camorrera de un pibe de barrio. Pasarán los años, llegarán y se irán otros jugadores, a veces seremos felices, a veces seremos desdichados, pero Diego Maradona será siempre el pibe que con una pelota en los pies siempre será capaz de conjugar la inspiración con la belleza.

No, no fue un Dios. Y tampoco estaba condenado a la inmortalidad. Fue humano y disfrutó del privilegio y la desdicha de la idolatría. Ahora está muerto. Pero curiosamente la muerte, como escribiera un poeta español hace casi cinco siglos, tal vez le devuelva su dimensión humana. Y acaso le otorgue la paz que la vida se empecinó en negarle los últimos años.

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