Cuando la tarjeta deja de ser una comodidad y se convierte en una necesidad
La tarjeta de crédito nació como una herramienta para comprar,
financiarse o darse algún gusto. Pero para muchas familias argentinas hoy cumple otra función:
llegar a fin de mes.
El endeudamiento dejó de estar relacionado solamente con la compra de un electrodoméstico,
un viaje o un gasto extraordinario.
Cada vez aparece más vinculado a las necesidades de todos los días: supermercado, combustible, servicios, medicamentos o gastos que el ingreso mensual ya no alcanza a cubrir.
Los últimos datos oficiales muestran una señal que merece atención: en junio de 2026,
la morosidad de las financiaciones a las familias llegó al 12,8%, según el Banco Central.
A comienzos del año había sido del 10,6%.
Además, a diciembre de 2025 había 20,3 millones de personas con algún tipo de financiamiento,
cerca del máximo histórico registrado por el organismo.
La tarjeta de crédito seguía siendo el instrumento de mayor alcance, utilizada por 14,8 millones de personas.
Pero detrás de los porcentajes hay historias cotidianas.
¿Qué sucede cuando una familia paga el supermercado con tarjeta porque el sueldo ya se terminó?
¿Qué pasa cuando al mes siguiente llega ese resumen junto con los nuevos gastos?
Aparece entonces una rueda difícil de detener: pagar una deuda mientras se genera otra.
El crédito no es malo en sí mismo. Es una herramienta que permite anticipar una compra y organizar determinados gastos.
El problema comienza cuando deja de ser una elección y pasa a convertirse en una necesidad permanente.
Quizás por eso la discusión no debería limitarse a preguntarnos cuánto deben los argentinos.
Hay una pregunta anterior y mucho más profunda:
¿Nos estamos endeudando para consumir o nos estamos endeudando para poder vivir?
Cuando la deuda comienza a financiar la vida cotidiana,
deja de ser solamente un asunto financiero. Se convierte en un indicador social que merece ser observado
